¿Cómo estás campeón?

Si hay algo que me produce curiosidad cuando estoy frente a una empresa familiar, es la singularidad en la forma de relacionarse de sus integrantes.

Las miradas, los gestos, el tono de voz, las palabras. Tan cambiante como permanente, se muestran en las reuniones, dónde las opiniones y decisiones, se intercambian en una mesa de trabajo.

Desde el comienzo, muestran qué tanto se conocen: fulanito llega siempre tarde, menganito como de costumbre, no deja lo que está haciendo para venir a la reunión y sultanito, desde hace rato, controla que todo esté listo para comenzar. Cada uno va ocupando su lugar, mimetizados en el rol, dejando en claro al “ajeno” que ellos son parte de un todo.

Por momentos es la más solemne reunión de Directorio, y por otros, se percibe la sobre mesa del domingo. El más chico de los hermanos, que despunta su vicio de innovador, el del medio que trasluce su disconformidad con el último llegado y el primero, y el mayor, que se muestra como ejemplo y líder ante sus pares.

El padre, dirige y muchas veces dirime las confrontaciones, mientras que la madre, juega a conciliar las partes promoviendo el justo equilibrio entre los integrantes. Ese equilibrio que diseñan las madres, promocionan las madres y custodian las madres a través de la palabra y los autoritarios silencios.

Todo está allí y allá. En ambos lugares son ellos, pero no siempre son los mismos.

Me encontraba en mi primera reunión de trabajo con esa familia, y entre todo lo que siempre me detengo a observar, no había podido descifrar cómo llamaban los hijos a sus padres. ¿Los llamarán por su nombre? –me pregunté.

En algunas empresas, en dónde esto ocurre, se puede ver de qué forma se desaprovecha el mensaje implícito que tienen esas, las primeras palabras que aprendemos a pronunciar: mamá y papá. Los valores, y el afecto que trasmiten las mismas, no hay consultoría que pueda reemplazar.

Pero no todos lo tienen presente, y en pos de la objetividad, generan la distancia que promueve llamar a tus padres por su nombre.

No podía retirarme del lugar sin saberlo. Ya despidiéndome a la salida de la empresa, le pregunto al padre y a uno de sus hijos:

-¿Cómo se llaman acá?, ¿cómo se saludan a la mañana cuando se encuentran en la empresa?.

Con una sonrisa incrédula, el hijo mayor responde:

Buen día, ¿cómo estás Papá? – dice, mientras miraba a su padre y sonreía.

Por su parte el padre, mira a su hijo, el futuro empresario y responde:

-Cuando llego a la empresa y me lo cruzo, le digo: ¡Buen día! , ¿Cómo estás campeón?.

En ese momento supe, que gran parte del trabajo, ya estaba hecho.

Autora: Natalia Macri. Socia adherida al IADEF en calidad de investigadora académica.



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