Reflexiones sobre la consultoría con Empresas de Familia

Procusto y el “Dogmatismo Empresarial”

Es abundante la bibliografía sobre las investigaciones y prácticas de la consultoría en las empresas de familias. La comunicación interpersonal, los órganos de gobierno, la profesionalización de los procesos, el protocolo, la incorporación de las nuevas generaciones, la transición generacional y de la dirección, como lograr la supervivencia de la empresa y de la familia, los aspectos legales y patrimoniales. En esta nota propongo hacer un alto en el camino y compartir algunas reflexiones sobre nosotros mismos como consultores, sobre nuestro propio trabajo.

Una familia es un sistema complejo. Una empresa es un sistema complejo. Una empresa de familia (EF) es un sistema mucho más complejo que la suma de los dos sistemas anteriores. Y el sistema familia-empresa- consultor aumenta la complejidad más aún.

Parto de la premisa que en la consultoría de la EF el sistema familia-empresa- consultor es una unidad en sí misma que transforma las características propias de cada uno de esos sistemas por separado. Es original y no repetible. El sistema formado por ese consultor y esa empresa familiar no es el mismo que se forma entre ese consultor y otra empresa, como tampoco es el mismo sistema el formado por esa empresa y otro consultor.

Las dinámicas propias de cada sistema generan interacciones diferentes que los hace únicos y singulares, por lo tanto no tenemos ninguna garantía que lo aplicado en una empresa de familia sea exitosa en otra diferente o aplicado por otro consultor. Incluso tampoco la tenemos si reutilizamos un procedimiento exitoso en el pasado con la misma empresa en otro momento.

Creo que la consultoría es un proceso de reflexión compartida, nosotros con la familia empresaria, para que puedan comunicar mejor lo que buscan y al mismo tiempo como consultores, poder pensar y comunicar como pueden lograrlo.

Hace unos días conversaba con un matrimonio socios fundadores de su EF, era una de las tantas reuniones de trabajo que venimos sosteniendo periódicamente desde hace tiempo.

En general tratamos temas específicos según el momento, temas puntuales del día a día o temas más “estratégicos” con una visión a mediano y largo plazo.

Esa semana había sucedido un episodio inesperado por la acción de un tercero ajeno a la familia y a la empresa que desencadenó una pequeña crisis “fuera de programa”.

Durante la conversación la mujer comenzó a hacer una reflexión sobre la cantidad de profesionales de diferentes rubros a los que habían consultado a lo largo de los últimos diez años. Contaba que antes de esos diez años hicieron las cosas con mucho esfuerzo, como pudieron y con los recursos que tenían y eso permitió el desarrollo y el crecimiento de la empresa.

Después la empresa fue creciendo, el número de empleados aumentó, se incorporaron los hijos (ambos tenían hijos de un matrimonio anterior),”para ayudar un poco” y las cosas se complejizaron en la empresa y en la familia. Nada fuera de lo esperable. Siguiendo consejos de personas cercanas y de confianza comenzaron a solicitar ayuda a diferentes profesionales en diferentes etapas, terapeutas familiares, abogados comercialistas, ingenieros especialistas en procesos, técnicos en sistemas, estudios contables, consultores en empresas familiares y puede ser que esté olvidando alguno.

El balance que hacía la señora era negativo, se enojaba al conectarse con sus recuerdos (algo bastante habitual en situaciones de crisis), en un momento hizo mención a un concepto que quedó dando vueltas en mi cabeza, dijo: “lo que yo noto es que la mayoría de los que nos quisieron ayudar estaban contaminados de <dogmatismo empresarial>”, queriendo expresar que los profesionales aplicaron o propusieron planes de trabajo basados en esquemas preformados (dogmáticos) sin prestar atención a las características propias de “su” familia y “su” empresa.

El concepto “dogmatismo empresarial” me hizo recordar el mito de Procusto.

En la mitología griega, Procusto era un posadero que alojaba en su casa viajeros solitarios. Allí les ofrecía para su descanso una cama de hierro. Para hacer que los viajeros cupieran en su lecho, estiraba hasta descoyuntarlos a los demasiado bajos y cortaba las piernas de los excesivamente altos. Así lograba que todos encajaran en la cama a la perfección.

De allí el concepto “lecho de Procusto” para significar cuando se trata de hacer “encajar” las situaciones de la vida aplicando esquemas, programas o planes preestablecidos desconociendo las particularidades de cada situación. Obviamente, de acuerdo al mito, en esas circunstancias las consecuencias son perjudiciales.

Quisiera aclarar para no ser mal interpretado, que estoy a favor del uso de las herramientas que utilizamos los consultores, más aún, me alarmaría que un profesional no contara con ellas.

Lo que me preocupa, y me mueve a estas reflexiones, es que no es la primera vez que escucho lo dicho por esta mujer, con otra palabras pero con el mismo sentido de “dogmatismo empresarial”.

Muchas veces la llamada “resistencia” del cliente a aceptar una propuesta que “debiera mejorarlos” es una defensa natural ante una propuesta forzada (“hay que”, “deben”, “no deben”, “los cinco <o diez> ítems que no se pueden desconocer”…) que impide que las cosas sigan su curso y den lugar a mejoras surgidas de las propias dinámicas de la propia familia/empresa.

¿En qué consistiría el “dogmatismo empresarial”? En utilizar herramientas conocidas y preestablecidas de antemano que no toman en cuenta lo original de cada situación. En otra obra escribí que una empresa de familia tiene el comportamiento de un ser vivo, por lo tanto su conducta está más llena de incertidumbres que de certezas.

Por supuesto que está muy bien que tengamos y utilicemos herramientas construidas en función de la investigación, del conocimiento y de la experiencia e implementemos procedimientos lógicos y ya probados, ahora bien, sería un error si creyéramos que la realidad de la empresa de familia con la que lidiamos va a adaptarse linealmente a nuestra lógica.

Además de poseer experiencia, conocimiento y la sabiduría de rigor creo que los consultores necesitamos también tener en cuenta como protagonistas de nuestro trabajo el azar, el desorden, la aventura, el permitir autodescubrimientos, incertidumbre y mucha paciencia frente a situaciones cuasitraumáticas. Muchas veces las familias salen espontáneamente mucho mejor paradas de lo que creemos simplemente si uno las acompaña “dejando hacer”.

Entonces me pregunto si estamos preparados para manejarnos con los imprevistos y la incertidumbre que estos generan. Lo que he visto a lo largo de mi experiencia profesional es que cuando la lógica de la empresa no se alinea con la lógica del profesional pocas veces nos la cuestionamos y en cambio insistimos generando un ciclo de más de lo mismo. De este modo no es el procedimiento el que está al servicio de la organización si no la organización quién está al servicio del procedimiento.

¿Cuántos de nosotros beberíamos de nuestra propia medicina? ¿Cuántos de nosotros, sinceramente, le diríamos a nuestro hijo a quién amamos y que trabaja con nosotros que debe dejar de hacerlo porque no funciona en la empresa? ¿Cuántos de nosotros mantenemos comunicaciones abiertas y fluidas en nuestro entorno familiar y laboral como las que sugerimos a nuestros clientes? ¿Cuántos de nosotros estamos dispuestos a cuestionar nuestros propios esquemas cuando las cosas no salen como esperamos? ¿Cuál es nuestra reacción cuando nuestros pronósticos fallan?

Obviamente siempre la mirada de un tercero facilita ver cosas que los protagonistas de una situación no ven, mis preguntas no apuntan a que nos golpeemos la cabeza contra la pared si no a comprender acompañar a las familias que “no cumplen”, que “dilatan”, que “se toman tiempo para pensar”, que “cometen errores”.

La bibliografía nos explica por qué sobreviven y por qué desaparecen EF, cuando una EF funciona bien y cuando funciona mal, no solo comparto esos argumentos si no que mis libros y artículos forman parte de esa bibliografía. Pero como abogado del diablo digo: con el diario del día siguiente todos explicamos el día anterior, pero… ¿cuántos acertaríamos los pronósticos de lo que sucederá el día siguiente?

No estoy sugiriendo que los consultores debemos hacernos el haraquiri, solo estoy proponiendo que hagamos una pausa en el camino para que reflexionemos y nos cuestionemos a nosotros mismos y nuestro propio quehacer. Si no es así, el aprendizaje es muy difícil y nuestra profesionalización estaría lejos de la que le proponemos a nuestros clientes.

Quizá también sería un buen modelo para ellos, ayudarlos a cuestionarse y a encontrar respuestas en su propia experiencia, actuando nosotros como facilitadores de la aparición de esas respuestas. Creo que la mejor ayuda es la que cuestiona y redefine objetivos y metas sistemáticamente, si no fuese así, los procedimientos implementados serían un corset que convertiría al sistema familia-empresa-consultor en esclavos.

Las peores consecuencias serían para nuestros clientes que ponen en juego su familia y su empresa, a nosotros nos resultaría más fácil esconder un fracaso (poco se escribe sobre ellos) porque las consecuencias en nosotros no tienen la dimensión que pueden tener en ellas. Como en la dinámica del omelette de jamón, la gallina participa y el puerco se compromete. Nosotros seríamos la gallina y la familia/empresa el puerco.

El devenir del sistema que armamos con la familia y la empresa no lo podemos predecir, pero si sabemos escuchar (más que decir) podremos encontrar el camino aunque no sea el inicialmente previsto, es la mejor herramienta para dejar de lado el “dogmatismo empresarial” y saltar el cerco del lecho de Procusto.

Autor: Eduardo Press. Consultor de empresas, autor de los libros “Psicología de las Organizaciones”, Ediciones Macchi (2005), “Empresas de Familia. Del conflicto a la eficiencia”, Ediciones Granica (2011) y “Emociones en Empresas de Familia. Gestión de las relaciones interpersonales y la profesionalización”, Ediciones Granica (2016).

 

 



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