Acuerdos en la empresa de familia

Entre las herramientas más consultadas y difundidas para la profesionalización de las empresas de familia es válido mencionar el protocolo familiar. En algunos casos es el disparador para la continuidad y, en otros tantos, suele ser el último eslabón del proceso que se inicia si o si con un diagnóstico que permite analizar diversos aspectos de la propiedad, la empresa y la familia, y que continúa con la creación y/o puesta en acción del consejo de administración o directorio y el consejo de familia. Los miembros de la familia desempeñan los roles y las responsabilidades de estos órganos de gobierno, solo que no están visibilizados como tales al no revestirse de formalidad y continuidad su funcionamiento.
A esto se suma que, llegado el momento del trabajo en conjunto de dos (y hasta tres) generaciones, sobrevienen las distintas visiones, expectativas e intereses entre padres e hijas/os poniendo a prueba la armonía, la felicidad de desarrollarse laboral-profesionalmente en la empresa familiar y, en alto grado, el riesgo de no continuar.

Pero ¿qué es lo que está en juego? Sin dudas, el capital familiar.

Estas dos palabras reúnen lo que la empresa familiar ha conseguido a través del tiempo debido a la  entrega y esfuerzo por parte de todos sus miembros, quienes conforman el capital humano; por la experiencia y conocimientos del negocio como así también la formación y capacitación recibida a nivel académico, lo que compone el capital intelectual, y por la suma de activos que generalmente exceden la empresa misma, que conforma el capital económico- financiero.
Es así como en esta sumatoria que representa al capital familiar, cada vez que no se agrega valor, se destruye valor.
Por eso, en el proceso que se aborda con la profesionalización convergen:

  • La observación y valoración de dicho capital
  • El reconocimiento de los sentimientos y necesidades que genera
  • La puesta en palabras de los deseos en relación a la gestión del patrimonio familiar.

El protocolo o acuerdo familiar

El miembro de la familia que convoca al consultor generalmente menciona la intención de querer “hacer un protocolo”, intentando poner en caja aquellas normas que no quisiera que sean transgredidas en su empresa familiar.
El primer paso es dejar en claro que el cliente es la empresa de familia: esto es todos sus miembros, no solo quien convoca al consultor, no solo los que trabajan en la empresa, no solo los actuales propietarios.
En la mayoría de los casos las reglas ya existen en la familia en relación a la empresa y viceversa, pero el hecho de que no esten escritas parece no dar certeza de cumplimiento.

¿Solo falta redactarlas? En verdad escribirlas es necesario, pero no suficiente. Hace falta ponerlas en palabras.Allí comienza el aporte del consultor, quien, formado en las distintas disciplinas requeridas para abordar un trabajo profesional, propone poner en evidencia cuáles son las reglas no escritas, reconocer con qué ojos mira cada miembro familiar dichas normas, encauzar el consenso hacia una visión compartida sobre el patrimonio que como familia deben gestionar los actuales y futuros propietarios.

En muchos casos las empresas están acostumbradas a definir su visión del negocio. Pareciera no ser tarea difícil describir qué tipo de empresa se quiere llegar a ser. Pero cuando ese capital está respaldado y, a su vez, será respaldo de una familia, lo que debe describirse además es la visión compartida de los miembros familiares haciéndose cargo a través de las generaciones futuras de gestionar el patrimonio: recrearlo, desarrollarlo, protegerlo y traspasarlo.
Es complejo decidir el momento oportuno para su redacción, pero bien vale para quien esté leyendo este artículo reconocer si puede ser viable afrontarlo en su propia empresa familiar, ya que:

  • Es un buen momento familiar.
  • Es un periodo de buen funcionamiento de la empresa.
  • La visión entre las generaciones empiezan a generar desencuentros en las relaciones, lo que no es en sí mismo un problema pero si una fuente de conflictos.
  • Hay convicción por la continuidad de la empresa en manos de la familia.

El protocolo es una herramienta dinámica, revisable y modificable por tratarse de un instrumento que debe acompañar y amoldarse a la evolución, tanto de la familia como de la empresa.
Como ya se ha mencionado, es altamente participativo, nada tiene que ver con un estatuto o contrato en el cual un profesional transcribe en la mayoría de los casos un texto predeterminado.
El documento final desnuda el alma de la familia y su mejor versión ya que el proceso de comunicación que se desarrolla se inicia escribiendo el relato de la historia fundacional y los valores que, a través de acciones concretas, lograron el presente. Será el consultor el encargado de poder entrelazar esa historia con la visión de continuidad del líder actual y transformarla en anclaje para el proceso sucesorio que se avecine de cara a las siguientes generaciones.

Autora Lic. Silvia M. Batista, Consultora de empresas de familia . Directora Delegación Regional Bahia Blanca IADEF

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