¿Y si el verdadero patrimonio de una empresa familiar no fuera el que figura en el balance?

«La continuidad de una empresa familiar no depende únicamente de transmitir su patrimonio. Depende, sobre todo, de lograr que sus valores sobrevivan a quienes los crearon.»

Por Natalia López Conde

Cuando se habla de continuidad en la empresa familiar, el debate suele centrarse en la sucesión, la gobernanza, la profesionalización o la planificación patrimonial. Todas estas herramientas contribuyen significativamente a que las empresas familiares perduren en el tiempo, pero no lo garantizan, porque se orientan solo a preservar el patrimonio, la empresa o el control de la propiedad.

Si la clave para la continuidad estuviera en lo patrimonial, bastaría una buena planificación sucesoria para asegurarla, pero la realidad demuestra que existen empresas económicamente sólidas que desaparecen con el cambio generacional mientras que otras con recursos más modestos se mantienen unidas durante décadas. 

Esto sugiere que el verdadero patrimonio de una empresa familiar no es exclusivamente económico, sino que se encuentra en aquello que permite que todo lo demás siga existiendo.

 

¿Qué es exactamente aquello que una familia empresaria intenta transmitir?
 

La teoría de la riqueza socioemocional (Socioemotional Wealth – SEW) explica que las familias empresarias también buscan preservar su identidad, sus vínculos, su reputación, su sentido de pertenencia y el legado construido a lo largo del tiempo. En otras palabras, junto al patrimonio económico existe un patrimonio intangible formado por valores, principios, historias compartidas y una manera particular de comprender el trabajo y la familia. Tal es la importancia de la dimensión no económica en estas organizaciones que los miembros de la familia empresaria suelen tomar decisiones en resguardo de su riqueza socioemocional, aun cuando incurran en un mayor riesgo financiero. De allí que, en muchas empresas familiares, la preservación de objetivos no económicos resulte determinante para sostener la cohesión familiar, el compromiso con el proyecto empresarial y la continuidad del legado.

Esta perspectiva deja abierta una pregunta decisiva: ¿Cómo lograr que esos valores sobrevivan cuando ya no estén quienes les dieron origen? Los valores no perduran al paso del tiempo si la familia no los transforma en instituciones. Los valores inspiran conversaciones que llevan a acuerdos, derivan en decisiones que se consolidan reglas y terminan convirtiéndose en instituciones capaces de preservar aquello que la familia considera verdaderamente importante.

Recordar los valores familiares no basta para asegurar su continuidad; es necesario institucionalizarlos en la estructura de la familia empresaria. Institucionalizar significa hacer que aquello que hoy depende de la memoria de personas concretas pueda sostenerse mañana mediante reglas, órganos, procesos y acuerdos a través de los cuales la familia organiza y proyecta su continuidad.

La riqueza socioemocional permite comprender qué desean preservar las familias empresarias, mientras que la institucionalización ofrece una explicación sobre cómo esos valores pueden proyectarse a través de las generaciones.

 

¿Cómo ocurre esa transformación?
 

Ninguna institución surge espontáneamente. Antes de convertirse en reglas, órganos, procesos o instrumentos jurídicos, los valores deben ser identificados, compartidos y consensuados. El proceso comienza con el diálogo; algunas familias tienen una habilidad natural para hacerlo, pero otras por mucho que hablen no logran comunicarse y esto atenta directamente contra la preservación de esa riqueza socioemocional. Los valores que permanezcan dentro de lo implícito quedarán sujetos a diversas interpretaciones, por más que todos crean compartirlos, y esa diferencia se evidenciará cuando deban tomarse decisiones importantes para la empresa o decisivas para mantener la armonía familiar.

Es allí donde las prácticas mediadoras adquieren un papel fundamental, pues permiten crear espacios de diálogo donde la familia identifica sus valores, construye consensos y convierte esas conversaciones en acuerdos duraderos. Cuando estos acuerdos se incorporan a la estructura institucional de la familia empresaria, la riqueza socioemocional encuentra un soporte institucional que le permite proyectarse hacia las siguientes generaciones.

Cuando este proceso se complementa con una consultoría especializada en empresa familiar, la familia cuenta además con una metodología para traducir esos acuerdos en estructuras de gobernanza, reglas claras e instrumentos jurídicos que fortalezcan la continuidad.

La mediación facilita el diálogo, la consultoría aporta método y visión estratégica, mientras que el derecho brinda estabilidad y seguridad a los acuerdos alcanzados. No son disciplinas aisladas, sino partes de un mismo proceso de institucionalización.

Los valores que no se conversan se olvidan. Los valores que no se acuerdan se discuten. Los valores que no se institucionalizan desaparecen. Quizá el verdadero patrimonio de una empresa familiar nunca haya sido el que figura en el balance, sino aquella riqueza socioemocional que la familia consigue institucionalizar para que trascienda a quienes la crearon.

 

Colaboración de Natalia López Conde

Abogada – Notaria

Socia Activa IADEF

Miembro del Registro CEFC®

Miembro del Registro Internacional de Mediadores de Empresa Familiar

 

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