La competencia actitudinal: el diferencial del tercero que acompaña procesos de continuidad en la empresa familiar
«Cuando el objeto de trabajo son las conversaciones, el principal instrumento de intervención deja de ser la técnica para convertirse en la propia persona del profesional.»
Por Silvina Francezón
Cando una empresa familiar enfrenta el desafío de la continuidad —la sucesión generacional, la incorporación de nuevos integrantes, la profesionalización de la gestión o la redefinición de su gobierno— suele convocar a distintos especialistas. Abogados, contadores, consultores, mediadores, especialistas en finanzas y en gobierno corporativo, entre otros, aportan conocimientos y experiencia para construir soluciones que permitan proyectar el futuro de la organización.
Quienes acompañamos estos procesos sabemos que las familias empresarias construyen su continuidad conversando. Por eso, no trabajamos solamente sobre las decisiones que una familia debe tomar; trabajamos, principalmente, sobre las condiciones que hacen posible que esas decisiones puedan construirse de manera colaborativa. Esta realidad nos invita a interrogarnos acerca de qué herramientas conceptuales, comunicacionales y procedimentales debe desarrollar un profesional para intervenir en una empresa familiar. Quizás la pregunta más relevante sea: ¿en qué tipo de profesional necesita convertirse quien asume la responsabilidad de acompañar conversaciones de las que dependerá la continuidad de una empresa familiar? La respuesta remite a una dimensión que, con frecuencia, ocupa un lugar secundario en los procesos de formación: la competencia actitudinal.
Durante décadas hemos puesto el acento en el saber y en el saber hacer. Aprendimos sobre empresas familiares, profesionalización, traspaso generacional, convivencia multigeneracional, gobierno corporativo, entre otros desafíos relevantes para acompañar procesos de continuidad. Incorporamos metodologías, herramientas y modelos de intervención. Todo ello es necesario para ejercer el rol. Sin embargo, la experiencia demuestra que el conocimiento técnico, por sí solo, no alcanza para sostener conversaciones en las que confluyen patrimonio, liderazgo, historia familiar, emociones, identidades y proyectos compartidos.
Cuando el objeto de trabajo son las conversaciones, el principal instrumento de intervención deja de ser la técnica para convertirse en la propia persona del profesional. Su manera de escuchar, de formular preguntas, de sostener silencios, de gestionar la incertidumbre, de regular sus propias emociones y de permanecer disponible frente a perspectivas profundamente diferentes influye directamente en la calidad del proceso que acompaña.
Aquí radica, a mi entender, el verdadero diferencial del tercero. En este artículo utilizamos la expresión «tercero» en sentido amplio para referirnos a los profesionales que acompañan procesos de continuidad en la empresa familiar desde una posición externa al sistema familiar y empresarial. Entre ellos se encuentran mediadores, consultores y otros profesionales facilitadores de procesos, sin perjuicio de que el ejercicio de la mediación, por su función específica, se encuentre sujeto a exigencias éticas y metodológicas particulares.
La competencia actitudinal no consiste simplemente en «tener una buena actitud». Constituye la capacidad de intervenir desde una presencia consciente, regulada y ética, capaz de generar un espacio donde las personas puedan pensar juntas aun cuando existan desacuerdos profundos.
La multiparcialidad, la observación consciente, la paciencia, la flexibilidad, la capacidad de hacer pausas, la reflexión sobre la propia práctica, la autorregulación emocional y el reconocimiento de los propios sesgos dejan de ser atributos personales para convertirse en competencias profesionales. Son ellas las que hacen posible el ejercicio de la terceridad. Este es uno de los aportes específicos que la intervención de terceros puede ofrecer al trabajo interdisciplinario en empresas familiares.
Esta tarea exige una elevada implicación personal. Quien acompaña una familia empresaria escucha preocupaciones que muchas veces atraviesan generaciones; sostiene incertidumbres, recibe emociones intensas, gestiona tensiones y permanece presente en conversaciones donde se entrelazan los vínculos familiares con las decisiones empresariales. Por eso, la calidad de la intervención depende, en buena medida, de la calidad de la presencia del tercero. Una presencia reactiva, apresurada o emocionalmente saturada limita la posibilidad de escuchar, comprender y generar confianza. Una presencia regulada, en cambio, amplía el espacio para el diálogo, favorece la creatividad colectiva y permite que las propias personas encuentren respuestas que ningún experto podría construir por ellas.
Si la principal herramienta de trabajo es la propia persona del profesional, cultivarla constituye una responsabilidad inherente al ejercicio de la profesión. Desde esta perspectiva, el autocuidado no puede entenderse como un asunto privado ni como una recomendación vinculada al bienestar personal. El autoconocimiento, la supervisión, la reflexión crítica sobre la práctica, el reconocimiento de los propios límites y la autorregulación emocional forman parte de la competencia profesional, porque preservan aquello desde donde realmente intervenimos: nuestra capacidad de estar presentes.
Quizás haya llegado el momento de ampliar la manera en que concebimos la formación de quienes acompañan empresas familiares. Necesitamos profesionales técnicamente excelentes, sin duda. Pero también profesionales capaces de sostener la complejidad humana que atraviesa cada proceso de continuidad.
Incorporar el desarrollo de las competencias actitudinales como un eje estructural de la formación no significa restar importancia al conocimiento técnico. Significa reconocer que el saber y el saber hacer despliegan todo su potencial únicamente cuando están sostenidos por una presencia profesional capaz de generar confianza, ampliar el diálogo y acompañar la construcción de consensos. Porque la continuidad de una empresa familiar no depende solamente de las decisiones que logra tomar. Depende también de la calidad de las conversaciones que hacen posibles esas decisiones.
Quienes asumimos la responsabilidad de acompañarlas tenemos, quizás, el desafío profesional más exigente de todos: seguir cultivando la persona desde la cual intervenimos. Ese es, a mi juicio, el verdadero diferencial del tercero: no solamente lo que sabe ni las herramientas que domina, sino la calidad de la presencia desde la cual acompaña a las personas en la construcción de su continuidad. Allí reside el verdadero sentido de la competencia actitudinal y el fundamento sobre el que se construye una terceridad ética, confiable y transformadora.
Colaboración de Silvina Francezón
Abogada – Mediadora
Miembro de la Comisión de Mediación del IADEF
Miembro del Registro Internacional de Mediadores de Empresa Familiar
